De mañana, a las 06:15 horas, saliendo de casa y daba igual, que fuesen las y 15 ó 16 ó y 18; me encontraría con mi vecina en el ascensor, como todos los días, acompañada de su mascota, un perro híbrido de chigua gua y rata, con uno ojo medio tuerto, medio estrábico, que nada más verme arrugaría su hocico y me lanzaría varias dentelladas.
Eso no me molestaba, lo peor era mi vecina: “mira mi Niebla huérfano, con el ojo malito, te ladra porque no le gustan los negritos…” Y yo estaba hasta los mismos cojones de explicarle que yo no era negrito ni morenito.
Al llegar al hospital, sorpresa, el médico de siempre de baja, en su lugar la sustituta. La saludé, me presenté y no obtuve respuesta, al rato giró su pescuezo, como la muñeca diabólica, inició una mezcla de sermón-riña tipo médico-enfermero: “Te quiero decir en primer lugar y dejarte claro que el médico soy yo, que no me gustan los enfermeros que van de médicos.”
