Alardeaba
de mi don, de mi virtud. Llegó a tal nivel de perfección, que hacíamos apuestas,
y en honor a la verdad he de decir que más de un café me ha salido gratis
gracias a él.
Tenía
el don cuasi divino de la memoria visual. Por aquel entonces realizaba las
revisiones y curas postquirúrgicas de los pacientes intervenidos en este
hospital. El primer día que acudía el paciente a la consulta, su cara y el tipo
de cura quedaban automáticamente registrados en mi mente, de manera que, en las
sucesivas visitas, con solo ver su cara sabía que cura le correspondía y así paciente
tras paciente.
Aquel
día, los quince o veinte pacientes de rigor esperaban su turno de cura, momento
que coincidía con el inicio de la apuesta. “Hoy
nos jugamos los desayunos de toda la semana”, exclamé. Al mismo tiempo un
compañero anotaba mis indicaciones: “El
del bigote: cura en hombro derecho; la señora de rojo: cura axila; el abuelo de
negro: cura hernia inguinal…”. Así uno tras otro, la apuesta era todo o nada.