Esta
Nochevieja, en turno de noche, me ha tocado encargarme de los postres, eso sí,
bajo las directrices de la organizadora de la cena hospitalaria: “Sobre todo trae chocolate”.
Tras
los aperitivos, los primeros y los segundos, llegó la hora de los postres. Rondaban
ya las 23:15 horas, y entre turrones de chocolate, bombones de chocolate, flan
de chocolate y tronco navideño de chocolate, fuimos interrumpidos por la
llegada de un paciente que se auto diagnostica de infarto de miocardio: “Me muero, que tengo un infarto, me muero”.
Y
es que justamente un dolor en epigastrio (en la boca del estómago) bien puede
ser síntoma de un infarto o de patología más banal. Todas las pruebas
diagnósticas (electrocardiograma, constantes, analítica) dieron resultados normales,
excepto una. Descartado el infarto de fin de año, la radiografía de abdomen cambió
el diagnóstico de dolor torácico por dolor abdominal, de infarto a mojón
alojado ocupando casi la totalidad del intestino.
