Primero
de enfermería, y más concretamente, el día de las novatadas: debíamos beber de
una bolsa recolectora de orina, en lugar de dicho producto de desecho, la bolsa
contenía cerveza y encima fresquita; debíamos
hacer lo mismo de un drenaje quirúrgico que contenía vino tinto en lugar de
sangre; y finalmente, de postre, comer de un pañal, lo que en principio parecía
mierda, en realidad era chocolate.
A
algunos nos colocarían esos mismos pañales de adulto y nos pasearían por los alrededores. Más que una novatada, me pareció una fiesta
gratis. Recuerdi que la peor parte se la llevó aquella compañera que gritó: “Por
favor, no me deis cerveza estoy a dieta”. Se cebaron con ella.
Sobre
mí, rápidamente se posaron las miradas, en principio, de dos compañeras de tercer curso a las que
se sumaron, posteriormente, dos más de segundo. Miradas acompañadas de
carcajadas. Mi Yo Interior (MYI), por aquel entonces un embrión inmaduro,
procesó la información erróneamente: Has ligado… y con cuatro. No podía ser, había
ligado y encima ellas se aproximaban. Los nervios se apoderaron de mí, las lágrimas
casi nublaban mi vista…