Pongamos que se llama Ana, que tiene 89 años, que se encuentra
ingresada en un hospital que, de momento, y a día de hoy, sigue siendo público.
Ana esta mañana está más nerviosa de lo habitual, esa tarde,
y después de cinco días de hospitalización recibiría la visita de sus hijas y
nietas.
Cada vez que entraba en la habitación fijaba la mirada en el
bolsillo delantero de mi uniforme. Lo interpreté como intentos frustrados de
leer mi nombre escrito en la tarjeta identificativa que colgaba de dicho
bolsillo, así que se lo dije, pero la cara indiferente de Ana me dio a entender
que me confundía.


