Era conocida la historia que se cernía sobre la habitación 1110 y que
se alimentaba, por el personal más viejo,
al abrigo de una taza de café en esas frías y tediosas noches de
invierno. Allí pasó sus últimos días un conocido monje cuyo espíritu hacía acto
de presencia ante el paciente, para reconfortarlo según unos, como premonición de una muerte cercana según
otros.
Ya llevaba unos meses en la unidad y por suerte nunca presencié experiencias
paranormales. Intentaba no pensar en ello, pese a que mi compañera se empeñase
en recordármelo continuamente con sus actos: se persignaba siempre antes de
entrar en la habitación y aceleraba su paso cuando llegaba a la altura de la
1110.
El reloj marcaba las 4 de la madrugada cuando sonó el timbre de la 1110.
A través del interfono la voz de la hija de la paciente: “Por favor, ayuden mi madre”. Siempre que se oyen este tipo de frases el
resultado suele ser el mismo, el fallecimiento del paciente.
Acudimos rápido pero mi compañera no olvidó su ritual al entrar. Por
fortuna la paciente estaba viva; la hija aterrada, nos gritaba: “Esa no es mi madre, esa no es la cara de mi
madre”. La paciente, con la cara desencajada, con rasgos casi felinos,
imposible que se comunicase debido a su patología de base, se afanaba en
señalar la esquina de la habitación. No quería mirar donde apuntaba, mi grado
de sugestión era tal que, si lo hacía, estaba seguro que vería al monje, al
cura, al papa o incluso a la madre Teresa de Calcuta.