Tocaba turno de noche en una
unidad que no era ni en la segunda, ni en la tercera planta, por no tener no
tenía ni número; era conocida entre el personal como la unidad Territorio
Comanche, donde en cada turno se libraba una feroz batalla, perdida de antemano,
por el personal sanitario. Y es que ciertamente servia de cajón desastre, donde
se ingresaban desde abuelos crónicos pluripatolgógicos a pacientes agresivos,
pasando por pendientes de diagnóstico psiquiátrico definitivo y demás…
La noche empezaba con
desgana y más ahora, sabiendo que compartiría turno con una compañera de cuyo
nombre no quiero acordarme y que apodábamos “La Koala”, no solo por su parecido físico con el marsupial, que también,
si no porque al igual que este, dormía veinte horas al día para ahorrar
energía. Era curioso como tras recibir el relevo iniciaba el mismo ritual noche
tras noche: sacaba de un bolso una colchoneta playera color flúor, un inflador de pie y, sin ningún tipo de remordimiento ni prisa, la inflaba.
Mientras yo preparaba los no
se cuántos botes de medicación, mentalmente identificaba las habitaciones
conflictivas:

