martes, 20 de diciembre de 2011

Los pollitos

Traslado de pacientes críticos a centro de referencia en UVI móvil: traslado de pacientes que precisen valoración por especialista que no se encuentre recogido en la cartera de servicios del hospital.
Bajo este epígrafe se escondía mi nuevo contrato de trabajo. Se trasladaban pacientes críticos, psiquiátricos y embarazos de alto riesgo. Dependiendo de la gravedad: equipo completo médico y enfermera o solo enfermera.

La entrada en urgencias del 061, dos guardias civiles que escoltaban a un corpulento hombre y que disimulaban, detrás de ellos, a una pequeña mujer de riguroso luto y cara de pena irreversible, no llamó, para nada, la atención de nadie.

Me reclamaban de la consulta tres de médicas, un traslado a la vista. Al entrar me encontré de frente con el corpulento hombre, tipo indio de Alguien voló sobre el nido del cuco, de cerca parecía más grande, un guardia civil y su madre, que había contado el relato tan habitual ya para ella. Viuda, huérfana de hijo solo le quedaba la compañía de su corpulento segundo hijo, un  paciente psiquiátrico cuya terapia era la cría de pollitos de campo. “Los pollitos dicen pio, pio,  pio, cuando tienen hambre cuando tienen frío” esta cantinela hizo que la    madre se asomase a la ventana, viendo,  en el corral, a su hijo,  girándole la cabeza a los pollitos unos 180º,  ante la pregunta de la madre  espetó: “Mamá si les doy cuerda crecerán más pronto”. De paso, intentó usar la misma técnica con su madre con la finalidad de hacerle crecer, en este caso,  el pelo, del que esta señora carecía casi por completo, fruto con toda seguridad de los varapalos de la vida.

Ágil como un ninja, la mujer tras una rápida carrera encontró refugio en su habitación cuya puerta tipo búnker evito las embestidas del hijo. La vecina aleccionada de episodios anteriores no esperó a la petición de ayuda y aviso al 061 y a la guardia civil por este mismo orden.

Este nuevo brote se había saldado con unos 25 pollitos muertos, mirando hacia atrás dispuestos en el suelo en hileras de a cinco y un frigorífico no-frost de reciente adquisición cosido a puñaladas.

Del informe que me facilitó el médico lo que más me interesaba era, si iba yo solo, algo que así fue, y el tratamiento a administrar, si era necesario, durante el traslado; en este caso haloperidol intramuscular si agitación. Mi cara de perplejidad tubo rápida respuesta del facultativo: “No te preocupes no te va a hacer falta nada, esta muy tranquilo, piensa que va a su casa a cuidar a sus pollitos”.

Para el lector profano en la materia aclararé que en un paciente de estas características un haloperidol im es como si te pones en pelotas delante del coloso en llamas y te dicen: “Venga empieza a mear y lo apagas”.  Como si intentas reflotar el Titanic con los manguitos de Dora la Exploradora de la tienda de chinos de mi barrio, que ya  de por si solos no flotan debido ha la alta concentración de plomo que tienen la pintura de sus dibujos. Si el paciente se agita, mientras yo le quito el capuchón a la aguja para administrarle el medicamento le da tiempo a darme una de ostias brutal, si consigo pincharle se le suman unos 30-45 minutos para que siga dándome ostias, después de ese tiempo que nadie piense que el paciente cae como cuando lanzan un dardo tranquilizante  al tigre que se escapa del circo, no,  simplemente se relaja fruto  más del cansancio de la paliza que me propina que del pinchazo.

No te preocupes” añadió, la guardia civil te acompaña. Ahora sí, eso me relaja más.
El miedo se apoderó de mi cuando efectivamente la guardia civil me escoltaría… sí, pero desde su coche. La madre haciendo uso de su formación ninja se acopló de un salto en la parte delantera de la ambulancia, mujer sabia. Una voz de niño de dos años: “¿Me vas a llevar a ver a mis pollitos?”. Cómo podía salir esa voz de ese cuerpo tan grande. “Claro venga sube”. Mi haloperidol y yo subimos tras él.

La rampa de urgencias se bifurcaba al terminar la pendiente: a la izquierda dirección pollitos, a la derecha dirección psiquiatra.

Giro a la izquierda y el paciente no tardo en detectarlo: “Mamá, ¿donde vamos?”, la madre a salvo en la parte delantera de la ambulancia: “A que te cure el médico”.

No respondió el niño de dos años, en su lugar lo hizo Belcebú: “PUTAAAAAAAAAAA”. Las manos y media cabeza se colaron por el ventanuco que comunicaba ambos compartimentos, los aspavientos no alcanzaron a la mujer, ducha en el combate cuerpo a cuerpo,  pero el conductor recibió una señora ostia frenando de golpe. Hice gala a mi valor y de un salto abrí la puerta, cerré y abandone el vehículo.

Unas dos unidades de la guardia civil y una de policía local, más  tarde, volvimos al hospital. El cambio de look de la ambulancia tipo loft me facilitó encontrar más rápidamente lo que quedaba de mi jeringa de haloperidol…

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